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Cultura mainstream: opinión pública formateada

Cultura mainstream: opinión pública formateada.

Existe un tipo de dominación que no se manifiesta bajo la apariencia de la opresión, sino que está basada en el control de las conciencias a través del bienestar. Este fenómeno afecta a la identidad de las personas y podemos verlo reflejado en planteamientos marxistas y marcusianos que abren la puerta a la subjetivación del individuo. Esta herramienta sutil y poderosa conduce a una adaptabilidad conformista y a la creación de identidades pasivas y cada vez más endebles (Cantillo, 2015).

Una de las armas actuales para imponer una cultura y el pensamiento a los demás países se encuentra en la industria del entretenimiento globalizado, reflejada en la cultura de masas y que constituye el soft power (poder blando). Frente a este sistema de control se encuentran las fuerzas militares, industriales y económicas, que ejercen un hard power (poder duro), que muestra claramente quiénes son los rivales. Precisamente, este fenómeno de globalización del entertainment es lo que el sociólogo Frédéric Martel denomina como Cultura Mainstream[1].

El fundamento del mainstream lo encontramos en la cultura popular y su carácter mercantilista parece estar en la cultura de masas. Una cultura que apareció en un “momento histórico en que las masas entran como protagonistas en la vida social y participan en las cuestiones públicas.” [Paradójicamente, la forma de comunicarse, de entretenimiento, etc. de la masa nunca ha brotado desde su propia esencia, sino que ha venido] “impuesta por los mensajes formulados según el código de la clase hegemónica. Tenemos, así, una situación singular: una cultura de masas en cuyo ámbito un proletariado consume modelos culturales burgueses creyéndolos una expresión autónoma propia” (Eco, 1995, p. 10).

La última fase de los productos de masas, en el caso de producciones cinematográficas, está dedicada a la repetición en todos los medios masivos del título de la película, sus actores y actrices. Sin embargo; esta estrategia no debe confundirnos, la repetición no es prueba de verdad, sino de pereza intelectual o de mera rutina. Esta fase suele ser muy costosa  forma parte de un proceso muy complejo imbricado en una máquina económica capaz de estar en un proceso de reajuste permanente en función del público objetivo, para que “la oferta se adapte constantemente a la demanda y al revés. Esta fase va aún más lejos, ya que persigue que se hable del producto mediático hasta convertirlo en una evidencia[2]. El marketing está en el corazón de la fabricación del mainstream” (Ibíd, 2012, p. 96) y al corazón y las bases emocionales de los públicos modelo, se dirigen las estrategias mercantiles basadas en la instrumentalización de la “economía afectiva[3]” que, ya está pactada desde el proceso de producción y que trasciende los límites propios de los medios de comunicación que hicieron creer al público que las producciones iban a estar enfocadas hacia la opinión pública, que por fin tendrían opinión; sin embargo, se les hizo formar parte de una comunidad de marca, que se extendería por otros medios e industrias, donde la demanda y el sentimiento se transformarían en beneficios económicos para las grandes multinacionales.

BIBLIOGRAFÍA:

Cantillo, C. (2015). Imágenes infantiles que construyen identidades adultas. Los estereotipos sexistas de las princesas Disney desde una perspectiva de género. Efectos a través de las generaciones y en diferentes entornos: digital y analógico. Tesis Doctoral. Madrid: Uned.

Eco, U. (1995). Apocalípticos e Integrados. Barcelona: Tusquets Editores.

Jenkins, H. (2008). Convergence Culture. La cultura de la convergencia de los medios de comunicación. Barcelona: Paidós.

Martel, F. (2012). Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas. Madrid: Santillana.



[1] Para Martel (2011) la palabra mainstream significa literalmente «dominante» o «gran público». Esta expresión puede tener una connotación positiva y no elitista, en el sentido de «cultura para todos», o más negativa, en el sentido de «cultura barata», comercial, o cultura formateada y uniforme.

[2] Esta estrategia conocida por utilizarla Tina Brown consiste en “tratar seriamente la cultura popular y escribir para el gran público de la “alta cultura” (Ibíd, 2012, p. 165).

[3] Henry Jenkins (2008) sitúa la economía afectiva en la construcción de comunidades de marca comprometedoras, desde las que se fideliza a amplios grupos de consumidores.

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