
En estos últimos años donde la imagen parece serlo todo, muchas empresas y personas le han dado una gran
importancia a este tema. Si a eso agregamos que vivimos en un país como el
nuestro, donde son todavía muy populares
refranes como “como te ven te tratan”, la importancia se incrementa todavía
más.
Ahora bien, esto en sí no es malo, que una empresa tenga una buena imagen puede ser decisivo a la hora de que
un consumidor se decida en comprar su producto o cambiarlo por otro; y en el
plano personal una persona puede perder un trabajo por no cuidar detalles como
el peinado, o la limpieza de la ropa que lleva puesta.
El riesgo se encuentra cuando se le da tanta importancia a la imagen, que empieza a perder su conexión con la
realidad y eso en un mundo donde las tecnologías han adquirido un desarrollo muy
avanzado, es muy posible, al final se puede obtener una imagen perfecta, pero
como todo lo perfecto, esa imagen sería irreal.
Ya lo ha mencionado Joan Costa en su artículo De la Comunicación Integrada
al Director de Comunicación: una historia personal, “…Contábamos con una herramienta perfecta: la
integración de las comunicaciones. Pero demasiado perfecta, porque estaba
especializada, exclusivamente, en coordinar los mensajes y los medios, los
contenidos y los procesos. Se llegaría así a una metacomunicación. Ésta se
acabaría independizando de la conducta real de la empresa y acentuaría la
autonomía del discurso construyendo su realidad simbólica al margen de la
realidad factual: los hechos. Las comunicaciones, bien integradas, mentirían a
la perfección”.
El problema con tener una imagen tan perfecta, que sea irreal, es que tarde o temprano se descubrirá el engaño, y
todo aquel público al que habíamos convencido con nuestra imagen, terminará
dándose cuenta de que lo que le decimos, difiere de lo que hacemos, o peor aún,
de lo que somos.
QUÉ HACER
Y el riesgo más grande es que nosotros nos demos cuenta de ello muy tarde, cuando ya el público tomó nota de
las diferencias que existe entre lo que predicamos, contra lo que decimos y
hacemos. Cuando esto ocurra, el daño infringido a nuestra imagen será tan
grande, que habrá que empezar a reconstruirla de cero.
En las mediciones de imagen corporativa, los consultores siempre confrontan lo que se llama la “imagen
deseada” contra la “imagen real” de las empresas, y entre ambas siempre habrán
espacios más o menos grandes a las que llaman “brechas”. Las brechas siempre van
a existir, pero la idea es que sean lo más cerca posible a cero.
Lo mismo debemos hacer nosotros con nuestra imagen personal: debemos tomar en cuenta que siempre existirán las
brechas y debemos trabajar lo más que se pueda para hacerlas lo más pequeñas
posible, pero sin perder nuestra esencia en el esfuerzo.


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